Incendio en el "Esmeralda"
Ricardo Ignacio Rabanal Bustos
EL PRIMER INCENDIO DEL GLORIOSO REGIMIENTO ESMERALDA
Las celebraciones familiares de navidad de 1954 ya habían quedado atrás y el año nuevo de 1955 que recién comenzaba había de quedar marcado a fuego, muerte y humo en la memoria de los Antofagastinos que desarrollaron y festejaron buena parte de las celebraciones de fin de año en las kermeses y bailes de Gala organizados por las compañías de Bomberos en los salones de sus respectivos cuarteles, siendo en epicentro de las festividades de fin de año, el viejo salón de honor del Cuartel General bomberil ubicado en la calle Sucre de la ciudad.
Todas estas actividades tenían por objetivo reunir fondos para la compra de materiales contra incendios y uniformes de trabajo y tenidas de gala o parada para los bomberos. Además cada Compañía entregaba en forma solidaria y obligatoria una parte de los dineros reunidos en los bailables, al Cuerpo General de Bomberos para la reconstrucción del nuevo cuartel en calle Maipú al llegar a calle Matta de la Séptima Compañía “Bomba España”, ya que el antiguo cuartel que había sido consumido por las llamas en un voraz e incontenible incendio que afectó a diez edificios comerciales, puso en riesgo más edificaciones céntricas y al local de la sociedad Italiana de la ciudad, el primero de enero de 1952 y que comenzó una década marcada por grandes incendios que queriéndolo o no, lograron una gran renovación urbana en Antofagasta, pasando la ciudad de las edificaciones de madera, cañas y barro al uso más frecuente del hormigón.
El verano de 1955 se comenzaba a vivir intensamente por los vecinos de Antofagasta. Especialmente por la juventud del puerto, después de un día de playa en los baños municipales, las Almejas o los que tenían vehículos, motocicletas Vespas o Lambretta en la distante “Poza de los Gringos”, y al caer la tarde los jóvenes partían de regresos a sus hogares donde sus maravillosas Madres nortinas los esperaban con las onces reponedoras para una tarde de playa y juegos. Luego de alimentarse bien y después de solicitar los permisos correspondientes y de peinarse a la gomina, arreglarse su ropa y con sus zapatos cuidadosamente lustrados, comenzaban a recorrer puntualmente todas las tardes la Plaza Colón en busca de un amor de verano. Las señoritas con hermosos vestidos veraniegos que permitían ver algo más de sus piernas y generalmente con un cintillo blanco en sus cabellos también se paseaban por las veredas de la Plaza, como imitando a sus ídolas de Hollywood de los años cincuenta.
Cada paseo era vigilado siempre bajo la atenta mirada de los padres que a esa hora terminaban un día de trabajo y comenzaban a disfrutar las primeras horas de la frescura de la tarde-noche en conversaciones sociales y de amistad ciudadana. Algunos días la banda de retretas del Regimiento Esmeralda subía gallarda al odeón de la Plaza Colón y durante algunas horas interpretaba el más festivo repertorio musical que hacía disfrutar de buena música a las numerosas de familias Antofagastinas que se agolpaban a ver y escuchar esa magnífica presentación militar mientras los más chiquillos corrían por sus jardines y monumentos. En una Antofagasta más bien pequeña pero con el corazón y voluntad inmensa, las conversaciones de los mayores giraban en torno a los problemas del interrumpido e inestable suministro de agua y electricidad que estaba sufriendo la ciudad desde hacía ya por varios años.
El día viernes 14 de enero transcurría en la tranquilidad y rutina propia del verano nortino, más bien lento, pausado y con esa calma de ciudad pequeña que se da el tiempo para todo. Pero de repente esa tranquilidad fue interrumpida abruptamente por la sirena de bomberos que comenzó a estremecer el silencio de la pequeña ciudad y en la plaza Colón se escuchó con inusual potencia, como presagio de que algo importante ardía… rápidamente los atónitos vecinos dirigieron sus miradas al sector de la Avenida Brasil donde una columna de humo y llamas se levantaba como el más siniestro pilar de llamas y humo negro que en sus fauces candentes y entre sus torbellinos sombríos enroscándose en las alturas atrapaba a miles de chispas incandescentes en el cielo oscurecido de Antofagasta.
Todas las compañías respondieron a la alarma sin excepción y muy pronto las radios locales dieron la noticia que el histórico y querido Regimiento Esmeralda ubicado en la calle O’Higgins esquina General Velásquez ardía en incontrolables llamas de rojizos colores. Inmediatamente el sentimiento de que este no era un incendio cualquiera se fue anidando en la ciudad que a esa hora ya estaba totalmente alerta y volcada a las inmediaciones del regimiento para saber del estado y seguridad de un hijo o familiar que cumplía su servicio militar en el notable regimiento Debido a que prácticamente todos los hombres antofagastinos habían cumplido con su servicio militar en ese histórico 7° de línea, la emoción de ver estas dependencias en llamas tenían a la multitud en un atento silencio y congoja.
La observación de las maniobras que desarrollaban los bomberos para sofocar el siniestro, eran seguidas por todos. Lentamente se fue anidando la impresión primero y luego la certeza que parte de la historia material y gloriosa del norte en los capítulos inmortales de la Guerra del Pacifico y el asentamiento definitivo de este destacamento en la ciudad para resguardar y dar forma a nuestra definitiva chilenidad, se perdían en las reliquias inmortales de los soldados chilenos del “79, este hecho entristecía a los Antofagastinos.
Contará la historia bomberil del norte no escrita, que durante ese incendio asumió como Comandante del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta sin más condición ni demora que sus conocimientos, don de mando y vocación de servir, un ilustre y destacado bombero Quintino que por su experiencia y capacidad fue llamado a dirigir las maniobras de extinción en el incendio mismo, don Luis B. Pinto Rodríguez se hace cargo de las maniobras y finalmente el fuego es vencido . Sus hijos nietos y bisnietos continúan su tradición bomberil de honor y entrega en la “Gran Quinta Compañía” Bomba Nicolás A. Tirado, la bomba de los trabajadores.
Desafortunadamente varias reliquias que no alcanzaron a ser rescatadas de las llamas pese al esfuerzo de los soldados profesionales y conscriptos primero y de los voluntarios bomberiles que durante las largas y peligrosas horas de trabajo dieron lo mejor de sí. Esa noche cada bombero y soldado rescato una parte de la historia de Chile y Antofagasta como un solo ser nacional. El vetusto edificio finalmente fue consumido por las llamas y estas en un último intento de atrapar la historia del norte comenzaron a quemar el glorioso mástil que un 7 de junio de 1880 coronaba el Morro de Arica cuando las tropas Chilenas tomaron ese bastión Peruano en 55 minutos durante la Guerra del Pacifico.
Este mástil por muchos años se mantuvo como un baluarte en el patio principal del Regimiento Esmeralda, donde cada mañana era izada nuestra gallarda bandera nacional como recordatorio inmutable de la valentía y sangre derramada por el pueblo chileno echo ejército, para asentar la soberanía nacional en forma definitiva en este rico y fecundo norte de mineral para Chile.
Finalmente a la tristeza que significó para la ciudad, la pérdida de irremplazables piezas que se atesoraban en las dependencias de este antiguo edificio también se tuvo que lamentar la pérdida de un menor fallecido y cinco heridos de distinta consideración que ahondaron aún más la congoja de sentir que una parte de la historia primera de la ciudad plenamente Chilena se fue con las llamas destructoras al noble cielo de Antofagasta.
Ricardo Rabanal Bustos
Magister en Educación
Profesor Historiador y Cronista.
Bombero N°2272


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