Crónica de un Grato encuentro

 


             

CRÓNICA DE UN  ENCUENTRO

            Las tertulias con los amigos de la vida y el alma, son el mejor néctar  para humedecer las resecas  memorias. Son esos encuentros de amistad los que despiertan  los mejores recuerdos y las más  hermosas experiencias vividas en una gran importante época de nuestras vidas de soldados, en esos espacios tan amplios y donde vivimos las más diferentes vivencias, sumadas a las del inmenso terreno del desierto y a las más importantes misiones que nos regaló esa inolvidable vida de cuartel.

            No hay mucha diferencia en lo que todos vivimos en esencia. Todos hemos sido formados de similar manera, y nuestra vida de hombres de una sociedad distinta a la que enfrentamos hoy, nos llevan inevitablemente a  sentir que los mejores años de nuestra vida, quedaron  allí en esos patios   llenos de consejos, de  sudores, de juegos, de trabajo profesional, de tristezas, (las menos), pero también de inmensas alegrías.

             Haber vivido allí, en la competencia leal y sincera de ser “siempre mejores que ayer”,  despertando cada amanecer y dejando en nuestros hogares las esperanzas de terminar el arduo día “sin novedad”, o volver de las largas jornadas de la campaña de terreno o   de esas comisiones que cada cual vivió, o esos trabajos que nos alejaron de nuestras familias en interminables semanas que solo  nosotros supimos entender y que hasta  no eran muy  bien comprendidas por nuestras familias, es lo que nos hace hoy ser viejos nostálgicos, llenos de experiencia y a los que nos encantaría tener la ocasión de traspasar a las nuevas generaciones todo ese bagaje, en especial a los soldados de hoy, para demostrarles  que  aún tenemos mucho que dar, y que lo que dimos en nuestro tiempo fue todo y lo mejor de nosotros, venciendo el agotamiento  y manteniendo el ímpetu y la fuerza, lo que nos hizo más fuertes, más certeros y  convencidos que   siempre podemos  superarnos y en los aprendizajes entender que  esta vida que elegimos, en forma libre y voluntaria,  fue  siempre un regalo individual del Creador a nuestra existencias.

            No todos conocen y muchos desconocen la vida de soldado, la critican porque no han tenido la experiencia del esfuerzo, renuncia, dolor, del premio o  castigo, de la seguridad o el temor,  de la verdad o la mentira que todos  pudimos conocer y enfrentar y  en esa  metamorfosis de  nuestra propia formación espiritual y física,  descubrirnos que el tiempo  que servimos fue  un tiempo de titanes, de valientes, de  profesionales   a quienes nunca nada les fue fácil, sin duda que   para muchos, más pesado que a otros,  o más sacrificados lo que se reconoce siempre,  y de tantos que  vivieron toda su vida en esos intensos períodos básicos, de diana  a retreta y esos otros anónimos que cumplieron  otras tareas, igual de importantes  pero que nos hicieron entender que  siendo todos tan diferentes en acción, en trabajo y en vida de soldado, al final estábamos unidos por los mismos valores del patriotismo, de la entrega, de la renuncia y  de considerar que éramos invencibles, y estábamos dispuestos a entregar la vida en las pequeñas cosas del amor a la profesión, al trabajo, al uniforme y a nuestro amado Chile, representado por esa bandera que nos hizo cantar con emoción el ¡PURO CHILE ES TU CIELO AZULADO!!, o nos hizo brindar en los álgidos combates  de las celebraciones del Día de  la infantería, o en los aniversarios de las efemérides patrias,  y en especial en esos inolvidables Juramentos a la Bandera en que tratamos de   formar esos jóvenes valores que sin ser profesionales de las armas, abrazaron también el llamado al Servicio Militar y  se fundieron en nuestros corazones pasando a ser parte de esa familia nuestra, extendida en esos pequeños corazones que confiaron en nuestros consejos, en el liderazgo y en todo lo que significó haber trabajado todos y por todos y exclusivamente para ellos: nuestros inolvidables Soldados..

            Nombrar a cada uno de  ustedes, en las miles y agotadoras tareas y exigencias del servicio, en el conocimiento del terreno, en las destrezas de las armas, en esas noches llenas de frio y de oscuridad en el desierto  arriba del  vehículo y abrazados al cañón  esperando  con los pies yertos de frio   al “pie de su cañón” , de su fusil, de su F.A.,  o de su posición de combate de infantería, sería  llenar innumerables páginas de miles de historias, de esas que  al recordarlas, nos anudan el alma, el corazón, la conciencia y nos hacen respirar con calma, para no llorar de emoción y sentir que lo dimos todo, sin  tener nada y  la vida que se nos pasó volando ya nunca volverá a ser la misma.

            Esa sensación del deber cumplido, de la tarea terminada, de la misión cumplida,  es la mejor satisfacción que podemos hoy guardar en el alma para la eternidad de los recuerdos.

            Encontrarnos hoy con los viejos amigos, los que conocimos  por sus capacidades en  la sencillez del trabajo de cuartel, en la  guardia fría de las  noches consteladas, en el  calor de la sopa caliente del rancho  del amanecer, en la infatigable jornada que cada cual puso  con su propia convicción y amor a su propio servicio,  y que nos llevó a entender que el soldado está hecho para mil funciones,  con la misma entereza de  limpiar un carro, o  afirmar la escoba para el aseo de la cuadra,  o empuñar las armas con la fiereza de  la historia que pesa en las espaldas, nos hace hoy sentir que si el tiempo  pasado fue mejor, hoy merecemos estos instantes de  recuerdos, de jolgorio, de emociones,  de hablar también de las tristezas que persiguieron nuestra propia forma de seguir por que en los grupos humanos siempre habrá envidias,  malas personas y claramente muchas injusticias, pero que como hombres maduros nos damos cuenta que  nunca debemos anidar en el corazón limpio del soldado, el triste    rencor, la pena acumulada del pasado  o el sentimiento de animadversión por alguna aspereza propia de la vida de los hombres, porque eso  nos impide crecer, ser felices en plenitud y  entender que el perdón, la humildad y el sentimiento de mayor amor como lo es el amor a Chile, nos debe hacer siempre mejores hombres  y mejores personas que ayer.

            Muchas situaciones vivimos, pero lo que nos une en este hoy, es  sentir que juntos fuimos uno, que conformamos esa muralla de sentimientos y de amor a nuestra vocación y que  si bien la vida no nos regaló la ocasión de haber sido héroes en defensa de la patria, porque la dura guerra anduvo rondando pero nunca llegó, en cambio los combates del día a día nos fueron formando y  enseñando que  vivir, amar y combatir, son un todo uno para el bien de nuestras familias, para la satisfacción del ser, y para la grandeza de eso que tanto amamos, y que vivirá  hasta el día de nuestra partida final, como lo es el amor a Chile y su sagrada historia.

            Haber compartido hoy con tantas personas, habernos abrazado con la alegría de vernos, más gordos más chascones,  con más pelos en la cara que en nuestras cabezas, con  esas sonrisas que  de pronto dejan espacio en nuestros dientes porque la vida no perdona, nos damos cuentas que seguimos siendo los mismos niños de ayer, los mismos jóvenes ilusionados que vestimos el mismo uniforme y que fuimos abrazados por lo que tanto amamos, nuestro Regimiento “Esmeralda”, que fue la cuna de nuestra vida y que en su historia nos hizo también herederos de esa “Tradición de Vencedores” que quedó impreso en el alma, y que habiendo cambiado los escenarios de hoy, siguen incólumes y grabados a fuego en nuestra esencia del ser.

            Quizás nos quede poca vida, quizás mañana no tendremos otra oportunidad de detenernos para estrecharnos en abrazos sinceros, en el brindis cariñoso de la amistad, del nuevo día y del siempre buen comienzo, por eso que  dormir hoy en el justo descanso del  guerrero,  en la comodidad de nuestros hogares, sin las preocupaciones de la diana militar, o del toque de corneta  y permanecer con la mirada abierta a ese bendito pasado, nos hace bien, nos regala cariño, nos regala amistad, y nos hace entender que fuimos y somos siempre los amigos que la vida unió en torno a lo que siempre amamos, servir con voluntad, tesón y cariño  en nuestros difíciles años de esa lejana juventud.   Ser soldados no es fácil, nosotros lo sabemos, y nadie nos entiende, por que no hemos tenido la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de jóvenes, cuyas inocentes mentes ya han sido  contaminadas por las historias que todos cuentan a su manera, pero que si hubieran sentido el peso del fusil, la bota marcada  en el dolor de sus pisadas, la fatiga del cansancio en las espaldas, o las filosas cuchillas del frio cordillerano en esas caminatas del desierto, estarían  con nosotros, entendiendo que esa era la mejor forma de vivir y hacer patria,  la única y extraordinaria  manera de formar el corazón del hombre en  el duro combate que nos ofrece  la existencia en el duro bregar de la vida.

            Pero en fin. Nada  ocurre en forma casual, todo tiene un porque y en eso hoy  nos damos cuenta, que  pudimos reír, cantar, llorar en nuestros recuerdos, y sentir que más que  rivales de una vida de soldados, somos amigos para la eternidad, entre nosotros mismos alzaremos con nuestras propias manos   la pesada urna que alguna vez llevará nuestros cansados cuerpos, en  alguna tarde del día menos pensado al camposanto eterno y allí  seguiremos siendo cuerpos inertes pero almas llenas de vida y recuerdos, por que dimos ejemplo, dimos cariño, nos estrechamos en amistad y en perdón y reconocimos nuestras debilidades, pues la grandeza de los hombres se demuestra superando las mezquindades humanas con  el mejor abrazo y el cariño que  se ofrece en ese trago de amistad que se bebe con alegría en la tertulia amistosa del recuerdo del ayer.

            Nada de esto puede suceder si no contamos aun con ese espíritu de líder que algunos poseen  y que ponen sus capacidades al servicio de los  demás.           

            Siempre en nuestra vida hubo un comandante, uno que mandó y otro que obedeció, u otro que entendió que  trabajar por su tropa, por el bienestar de los suyos, eran la mejor forma de ser comandantes que llegaran al corazón del subalternos.

            Hoy tenemos seres de excepción, que son los que mueven toda esta tremenda responsabilidad de juntarnos, de sellar las ideas del reencuentro con tantos detalles, y en eso no podemos dejar de agradecer a esos equipos  que dirigen siempre estos trabajos, a esos esforzados hombres que renuncian a sus galones militares para ser servidores de todos,  y por eso que en este agradecimiento no podemos dejar de nombrar a nuestros dirigentes, a quienes hace posible estas realidades, que nos renuevan la vida, y que nos mezclan con esos jóvenes de ayer que  tuvimos el gusto de compartir,  y que son parte de la historia actual del amado “Esmeralda”, y que  no dudaron en alzar sus copas y   compartir esta tarde de recuerdos con viejos soldados llenos de espíritu como  el que vivimos hoy.

            Que Dios nos regale vida para seguir queriéndonos y  sirviendo de esta otra trinchera, la de la crianza de los nietos y los recuerdos que viven en nuestros corazones para  morir alguna  tarde con nuestro corazón encendido  de calor  humano  cantando siempre  esos himnos que nos hermanaron en nuestra  hermosa vida militar.

            Iniciar el  encuentro con un minuto de silencio por los camaradas caídos que han partido,  nos unió de inmediato en la realidad que nos espera, y  seguir en la alegría de la vida de hoy,  nos debe hacer sentir que estamos vivos y que aun podemos  aprovechar estas oportunidades  que el tiempo nos regala para seguir creciendo y ser siempre mejores que ayer.

            Gracias a la presencia del  nuevo Comandante del “Esmeralda”,   Mayor Maurice Larée Pinto,  hijo de nuestro recordado Capitán “Comando” de ayer, a nuestro SOM Marcelo González Gatica, a los que vinieron por primera vez, los  nuevos Sargentos Primeros activos que alguna vez lucieron el  parche azul de cabos, Cristian Alarcón Bustos  y Mauricio Ñancucheo Figueroa,  a los que se fueron a la vida civil como Marcos Diaz, pero que llevan para toda la vida el uniforme en el alma, a los que llegaron por primera vez después de tantos encuentros previos: “Cacharpa” (Arturo Garcia Ramírez) el “mayor de edad”, Diógenes Rivas Araya, Luis Castro Vilches, el amigo de todos Luis Rodríguez Labrín, Marcos Diaz  y a todos los que trabajaron como siempre con dedicación, amor y servicio, desinteresado y que son nuestro mejor  ejemplo y muestra de que el sacrifico de pocos  hace feliz a muchos…

            Especiales agradecimientos a este equipo liderado por el invariable  amigo Joaquín Gutiérrez, el amigo organizador de todo, y que cuenta con esos  serviciales y anónimos soldados de siempre que dan vida a estos encuentros, aunque muchas veces  en el antes están muy solos, en el durante muy atareados y en el después, muy ansiosos de dejar todos los niveles en cero,  para volver a sus hogares cansados, al justo reposo y a la satisfacción del deber cumplido, sin darse cuenta, que sus gotas de sudor y sacrificio  hicieron posible que cincuenta almas  llegaran felices a sus propios hogares para comentar con sus familias, lo bien que lo pasamos en el día de hoy.

            Gracias al Equipo Base: “Chalita” Riveros, Oscar Toro, “Monito” González, el infatigable “Peladito” Salazar y todos los que se pusieron al servicio de los demás con sus atenciones y preocupaciones de servir, retirar, lavar y dejar en “cero” los niveles. Muchas Gracias.

            ¡¡Salud!! y muchas gracias a todos ustedes camaradas y amigos de la vida….




























































































































































































































































































































































































































































































Comentarios

Entradas más populares de este blog

Agradecimientos a la señora María Canihuante