Agradecimientos a la señora María Canihuante
Mi apreciada y respetada Sra. María Canihuante:
Aunque mi espíritu es de soldado
infante, del “Esmeralda”, no he podido dejar de emocionarme con esa maravillosa
historia del soldado niño Canihuante y un resumen de su vida entregada al
Ejército por toda una larga vida, e iniciada en esos difíciles instantes en que debemos decidir nuestros caminos para
salir de las lúgubres soledades e incertidumbres de la vida, enmendar nuestros rumbos y decidir por nuestra
propia voluntad distintos caminos, poniendo como siempre la templanza y el valor
de poner valientemente el “pecho a las balas”,
e iniciar esa aventura sin fin marcada por la ilusión, por el ritmo acompasado
de tambores y los clarines que evocan victorias, y nos llaman en esos enganches,
a ingresar a las filas del Ejército, sabiendo que ser soldado nunca fue fácil, y decidir el destino con una entrega generosa
y con la responsabilidad y visión futura para comprometerse y vestir el “hábito” militar, parecido
al de los monjes, que renuncian a su vida terrena para entregarla a esos
ideales superiores y espirituales que siempre están sobre el hombre y en el
caso de los soldados, por el bien superior que es la Patria y su bandera.
Me he emocionado hasta las lágrimas.
Porque conozco tan directamente la vida del soldado. Quizás la mía no haya sido con todas esas dificultades
que enfrentó su padre en esos tiempos.
El tiempo mío ,más contemporáneo y
con otras dificultades no menos desafiantes. Yo que amo la historia, busco y leo muchas “Vidas de Soldados”, de toda época, y conozco claramente lo
fuerte de esa decisión de niño, en un tiempo en que el que vestir el uniforme
era mal mirado, y que en medio de ese llamado espiritual de servir, con convicción
y vocación, tantas veces fue toda una
aventura tener que alimentarse, vestirse, y contar en muchos casos con un miserable “pago”,
porque así era ese “trabajo” y que obligaba a dar y darse sin recibir, y
enfrentar los tiempos difíciles de la
estadía en Tacna, ciudad por entonces perteneciente a Chile, y entregada post plebiscito del año
1925, pero que marcó la tierra de
nuestros ancestros artilleros, que formaron también sus familias y se dedicaron al servicio de la Patria hasta
que vino esa nueva oportunidad de recomenzar de nuevo, y volver a sus inicios
juveniles como parte de esos soldados
del ”Parche Negro”, Artilleros, que vivieron, (y aún
lo hacen) con ese romántico sueño espiritual de la Artillería de antaño y
que dirigen cada día su mirada a su Patrona, “Santa Bárbara”, que sirve de guía y luz a todos los artilleros
del mundo.
Para mi alegría y gusto personal ligado siempre a
la música, cuento aparte me merece conocer las virtudes musicales de su padre. Ya
saben mis oídos de los toques de corneta en el terreno, en la instrucción y en
la hora de la “Oración”, y es el "silencio", el mejor homenaje que puede
articular el que a pulmón sopla con cariño el instrumento, para regalarnos esa
paz y tranquilidad en esa hora del descanso de la siempre esperada retreta antesala del justo descanso del guerrero.
Nadie sabe de la vida del soldado,
si es que no ha vivido allí, en medio de los cañones, de los obuses y de las
bombas, desplegado en terreno, con estruendo de las piezas de “brazo largo y
ronco hablar”, y el duro transporte a mano, pie o a mula, de los pesados cañones y sus
respectivas municiones. Cada soldado es un "sirviente", y en eso radica la humildad y grandeza de vestir el uniforme. Los botones siempre brillan, por que los limpian las lágrimas y el sudor de los esfuerzos,
Saber y conocer, explica claramente cómo se
formaban los soldados de ayer y de siempre en las duras tareas militares.
Usted, con su nota y homenaje, ha
refrescado en nuestras memorias al hombre anónimo y silencioso, sacrificado y
estoico como su padre, que en medio de
los muchos dolores de la soledad, del sacrificio, de la larga noche bajo las
estrellas, nunca titubeó en darse y dar todo lo de sí, para cumplir y dar curso a
su llamado interior de prepararse, para defender y servir a la Patria en toda
circunstancia.
El soldado es eso. Hombre de bien,
que cumple con valentía su rol, y en ese
tiempo, con muchas falencias de todo
tipo, sin siquiera tener esa esperanza de un reconocimiento ciudadano, heredado
por nuestros antepasados que lo dieron todo, sin nada, en la dolorosa Guerra del Pacífico, y que recibieran
tan injustamente, el tradicional y no muy feliz “Pago de Chile”, lo que fue una injusta realidad para
todos aquellos que, como su padre en
tiempos de paz, sirvieron con tanto
amor, y sin esperar recompensas y permitir
a otros jóvenes como él, nutrirse de su personal ejemplo y valor, cumpliendo su compromiso de educar e instruir en el servicio a la Patria, "hasta rendir la vida si fuese necesario", lo que no tiene parangón en la historia.
Usted es afortunada y privilegiada.
Nunca entendí, hasta ahora, su presencia entusiasta y amistosa en los homenajes a los
héroes “Veteranos del 79”.
Cada vez que he tenido la
oportunidad de asistir la he visto generosa, emocionada, y eso me ha llamado
siempre profundamente la atención, cuando su fuerte siempre fue la cultura, la
historia, la poesía, el amor incondicional
a “SU” Antofagasta y sus historias,
pero hoy me siento hermanado con sus nobles sentimientos expresados en ese
justo homenaje y reconocimiento a su amado padre, que seguramente impregnó su
alma también de niña, en las responsabilidades de la vida, y en el siempre
claro “cumplimiento del deber”, que es como la virtud eterna de los soldados de
siempre, que aunque parezcan de rostro duro, tienen un corazón generoso y gozan de gran sensibilidad.
No podía ser menos su sentido
homenaje a un soldado, por parte de una mujer tan dedicada a la vida y cultura
de la ciudad, y que conociera tan de cerca ese abnegado valor y ejemplo que la acompañó por tantos años de
su vida: Su amado Padre, el distinguido Suboficial del Regimiento de Artillería
N° 5 “Antofagasta”.
Aunque mi espíritu es de soldado
infante, del “Esmeralda”, no he podido dejar de emocionarme con esa maravillosa
historia del soldado niño Canihuante y un resumen de su vida entregada al
Ejército por toda una larga vida, e iniciada en esos difíciles instantes en que debemos decidir nuestros caminos para
salir de las lúgubres soledades e incertidumbres de la vida, enmendar nuestros rumbos y decidir por nuestra
propia voluntad distintos caminos, poniendo como siempre la templanza y el valor
de poner valientemente el “pecho a las balas”,
e iniciar esa aventura sin fin marcada por la ilusión, por el ritmo acompasado
de tambores y los clarines que evocan victorias, y nos llaman en esos enganches,
a ingresar a las filas del Ejército, sabiendo que ser soldado nunca fue fácil, y decidir el destino con una entrega generosa
y con la responsabilidad y visión futura para comprometerse y vestir el “hábito” militar, parecido
al de los monjes, que renuncian a su vida terrena para entregarla a esos
ideales superiores y espirituales que siempre están sobre el hombre y en el
caso de los soldados, por el bien superior que es la Patria y su bandera.
Me he emocionado hasta las lágrimas.
Porque conozco tan directamente la vida del soldado. Quizás la mía no haya sido con todas esas dificultades
que enfrentó su padre en esos tiempos.
El tiempo mío ,más contemporáneo y
con otras dificultades no menos desafiantes. Yo que amo la historia, busco y leo muchas “Vidas de Soldados”, de toda época, y conozco claramente lo
fuerte de esa decisión de niño, en un tiempo en que el que vestir el uniforme
era mal mirado, y que en medio de ese llamado espiritual de servir, con convicción
y vocación, tantas veces fue toda una
aventura tener que alimentarse, vestirse, y contar en muchos casos con un miserable “pago”,
porque así era ese “trabajo” y que obligaba a dar y darse sin recibir, y
enfrentar los tiempos difíciles de la
estadía en Tacna, ciudad por entonces perteneciente Chile, y entregada post plebiscito del año
1925, pero que marcó la tierra de
nuestros ancestros artilleros, que formaron también sus familias y se dedicaron al servicio de la Patria hasta
que vino esa nueva oportunidad de recomenzar de nuevo, y volver a sus inicios
juveniles como parte de esos soldados
del ”Parche Negro”, Artilleros, que vivieron, (y aún
lo hacen) con ese romántico sueño espiritual de la Artillería de antaño y
que dirigen cada día su mirada a su Patrona, “Santa Bárbara”, que sirve de guía y luz a todos los artilleros
del mundo.
Para mi alegría y gusto personal, ligado siempre a
la música, cuenta aparte merece conocer las virtudes musicales de su padre. Ya
saben mis oídos de los toques de corneta en el terreno, en la instrucción y en
la hora de la “Oración”, y es el silencio, el mejor homenaje que puede
articular el que a pulmón sopla con cariño el instrumento, para regalarnos esa
paz y tranquilidad en esa hora del descanso de la siempre esperada retreta.
Nadie sabe de la vida del soldado,
si es que no ha vivido allí, en medio de los cañones, de los obuses y de las
bombas, desplegado en terreno, con estruendo de las piezas de “brazo largo y
ronco hablar”, y el duro transporte a mano, pie o a mula, de los pesados cañones y sus
respectivas municiones.
Saber y conocer, explica claramente cómo se
formaban los soldados de ayer y de siempre en las duras tareas militares.
Usted, con su nota y homenaje, ha
refrescado en nuestras memorias al hombre anónimo y silencioso, sacrificado y
estoico como su padre, que en medio de
los muchos dolores de la soledad, del sacrificio, de la larga noche bajo las
estrellas, nunca titubeó en dar y dar todo lo de sí, para cumplir y dar curso a
su llamado interior de prepararse, para defender y servir a la Patria en toda
circunstancia.
El soldado es eso. Hombre de bien,
que cumple con valentía su rol, y en ese
tiempo, con muchas falencias de todo
tipo, sin siquiera tener esa esperanza de un reconocimiento ciudadano, heredado
por nuestros antepasados que lo dieron todo, sin nada, en la Guerra del Pacífico, y que recibieran
tan injustamente, el tradicional y no muy feliz “Pago de Chile”, lo que fue una injusta realidad para
todos aquellos que, como su padre en
tiempos de paz, sirvieron con tanto
amor, y sin esperar recompensas y permitir
a otros nutrirse de su ejemplo y valor, cumpliendo su compromiso de
servir a la Patria, hasta rendir la vida si fuese necesario.
Usted es afortunada. Nunca entendí
hasta ahora, su presencia entusiasta y amistosa en los homenajes a los
héroes “Veteranos del 79”.
Cada vez que he tenido la
oportunidad de asistir la he visto generosa, emocionada, y eso me ha llamado
siempre profundamente la atención, cuando su fuerte siempre fue la cultura, la
historia, la poesía, el amor incondicional
a “SU” Antofagasta y sus historias,
pero hoy me siento hermanado con sus nobles sentimientos expresados en ese
justo homenaje y reconocimiento a su amado padre, que seguramente impregnó su
alma también de niña, en las responsabilidades de la vida, y en el siempre
claro “cumplimiento del deber”, que es como la virtud eterna de los soldados de
siempre, que aunque parezcan de rostro duro, tienen un corazón generoso y de gran sensibilidad.
No podía ser menos su sentido homenaje a un soldado, por parte de una mujer tan dedicada a la vida y cultura de la ciudad, y que conociera tan de cerca ese abnegado valor y ejemplo que la acompañó por tantos años de su vida: Su amado Padre, el distinguido Suboficial del Regimiento de Artillería N° 5 “Antofagasta” SUBOFICIAL FELIX ENRIQUE CANIHUANTE PACHECO.
Usted conoce esa vida, de
sacrificio, de renuncias, de soledad, y entiende que en muchas oportunidades quizás él no pudo acompañarle por tener que
cumplir las “obligaciones del servicio”. Eso no cualquiera tiene el privilegio
de vivir y conocer y en consecuencia, entender.
¡Cuántas veces vivió esas largas ausencias del “padre” soldado!, alejado de la urbe en las inolvidables campañas
militares para formar jóvenes con esos valores que perduran para toda la vida.
Por ello que no solo la saludo con
respeto y admiración, sino que me permito abrazarla sintiendo que nuestra sangre
bulle con emociones pues hay personas
valientes y dulces como usted, que
vivieron la “Santa Pobreza” de ser hija de soldado, en esos duros y
difíciles tiempos del ayer.
Gracias por su nota, por su trabajo,
por todo lo que hizo su padre, a quien rendimos también nuestro humilde homenaje
póstumo en estas líneas, pues nos llena
de orgullo saber que usted lleva en la sangre ese parche negro que distingue a los
Artilleros de Chile, herencia que fue
ganada con sudor, con trabajo y entrega, y que le permitió a su padre crecer,
desarrollarse, servir con orgullo y
conformar lo que al final tiene
tanto valor para el soldado: Su patria y su familia.
Felicitaciones por su maravillosa
nota, que de una u otra forma representa
un sentir justo y honorable para los soldados de ayer, hoy y de siempre, que vivieron y murieron creyendo siempre en ese
valor superior que da el defender la
Patria y la bandera a toda costa, a riesgo de sus propias vidas.
(Mi Suboficial Don FELIX ENRIQUE
CANIHUANTE PACHECO, descanse por siempre y
para siempre en paz.)
Suboficial Mayor Carlos Garcia
Banda
Mi Suboficial Don FELIX ENRIQUE
CANIHUANTE PACHECO, descanse por siempre y
para siempre en paz.
Suboficial Mayor Carlos Garcia
Banda
María Canihuante.
Consejera SERPAT.
El 19 de septiembre
Las Glorias del Ejército. Quiero rendir este homenaje en la figura de un
pequeño niño que prácticamente se crió en el Ejército hasta cumplir los años
necesarios para jubilar. En otras palabras, dedicó 27 años de su vida al
Ejército.
Era un pequeño y
delgado niño campesino que había perdido a su madre ya hacía años. Su padre trabajaba en las oficinas salitreras
del Norte y sólo venía una o dos veces al año a verlos. Habían quedado al
cuidado de unas oscuras señoras, tías abuelas, con largos faldones negros
cosidos con pobreza, obligaciones, responsabilidades y rezos. Los niños tenían
que ayudar en las faenas del campo, el regadío, la siembra, el pastoreo de las
cabras. Apenas iban a la escuela. Sin embargo, había uno a quien le gustaba
mucho leer. Encontró un libro que hablaba del mar. Y su mente se llenó de
aventuras en torno a este desconocido mar.
Un día, mientras
ayudaba en el campo, en Panulcillo, al interior de Ovalle, vio pasar el tren,
que iba a reclutar adolescentes en edad de cumplir con el Servicio Militar
Obligatorio. El niño, curioso, vio a unos soldados con hermosos uniformes,
cuyos botones tenían el brillo del sol. Quedó deslumbrado. Cerca de su casa
había una parada ferroviaria obligatoria. Durante la noche guardó un pan
amasado y un pedazo de queso de cabra. Estaba todo decidido. Esa noche no pudo
dormir de la ansiedad y el temor.
Al día siguiente,
esperanzado, fue a la parada del tren. Y esperó y espero. Al verlo llegar,
corrió hacia un militar a quien le dijo si lo podían llevar hasta La Serena,
para conocer el mar. Este se negó, lo prohibía el Ejército. Ante tanto ruego y
al verlo tan decidido, aceptó llevar a este pequeño niño huérfano, de tan sólo
13 o 14 años. Lo que el niño no esperaba es que en La Serena todo el
contingente, incluido él, fue embarcado en un vapor. Y el viaje continuó.
Así, un día recalaron
en Tacna, República de Chile. Y el pequeño niño fue llevado al Regimiento,
donde le tuvieron que hacer un uniforme especial por su estatura. Y como sabía
montar, le permitían usar un caballo. Eso sí, tuvieron que ubicar una piedra
alta que le permitiera subirse. Allí le completaron su educación, le enseñaron
música, le enseñaron a tocar el clarín.
Y en 1926, cuando
Chile devolvió Tacna al Perú, el niño campesino tuvo el orgullo de ser el
primero en llegar a Arica, anunciando que llegaba el Regimiento de vuelta a
Chile. Él iba como Corneta.
Luego se trasladó a
Antofagasta, donde formó su familia.
Fue un destacado
instructor, a cargo de adolescentes que cumplía su Servicio Militar. Le
correspondió tocar “silencio” en los Actos oficiales, a veces desde lo alto de
la Catedral. Formó y dirigió una Banda de Clarines que se lucía en desfiles y
actos oficiales. Fue destacado boxeador y también un gran defensor de su
Regimiento, el R.A.M 5, en los Campeonatos de Tiro al Blanco.
Murió agradeciendo al
Ejército de Chile. Fue despedido con salvas y honores militares.
Hoy se cumplen 26 años
de su muerte.
Su nombre, FELIX
ENRIQUE CANIHUANTE PACHECO, mi padre.
















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