GRATITUD A GESTOS NOBLES

 

Gracias mi Teniente Norman Sierralta Guerrero

            No hay mayor dolor que perder un hijo. En esos tiempos en que la vida era sólo trabajo y todas nuestras energías se volcaban a nuestra pasión, la de ser soldados.

            Vivíamos con la botas puestas, con la mochila y la bolsa ropera lista para embarcar al camión y en la “Sala de armas”, el fusil numerado, aceitado y  las cajas de munición selladas, para cualquier instante marchar al único destino que nuestro deber nos indicara:  La frontera.

            Pero es así la vida diaria del soldado. Aunque no haya posibilidad  de conflicto, estar  todos los días preparados y prestos a la partida sin pensar en el retorno, es la obligación de la vocación de servicio que nunca muere, fuerza que mueve los corazones y las voluntades con inmenso amor al sagrado Juramento y con renuncia plena a la comodidad y entregado al más grande sacrificio.

            Así transcurrieron los mejores años de la vida y fuimos consumiendo nuestra juventud, perdiendo con gusto y agrado ese tiempo que nunca recuperamos y que  era el tiempo de la familia y de los hijos, los cuales quedaron tantas noches a la mano divina, y  que solo entienden los que lo han vivido.

            En tales circunstancias,  mi memoria me trae la tristeza de ese esperado  nacimiento  de nuestro hijo. El que uno espera con esas ansias propias de padres jóvenes. Mi esposa hospitalizada y yo en plena campaña en la ciudad de Calama.

            No fue fácil. Pedir permiso a mis superiores, (el entonces Capitán De La Fuente),  viajar  de noche  “a dedo” desde  esa fría ciudad y llegar de madrugada a Antofagasta, sin recursos, sin  movilización  y en la soledad más cruel que a veces debemos todos enfrentar, pero que con el invariable espíritu de soldados y la ayuda del Señor de los Ejércitos, podemos  altivos y  llenos de ilusiones, enfrentar y superar.

            La petición de sangre era ¡Urgente!, no había cómo conseguir dadores,  de ese extraño y escaso grupo: RH (-)NEGATIVO,  vital para la vida de la madre y esa criatura que llegaba al mundo.

            En los registros médicos de mi Regimiento “Esmerada” no había soldados ni personal con ese grupo sanguíneo; sencillamente  no existían dadores.

            Indagando y preguntando a los jóvenes Oficiales y Clases, que aun no regulaban su toma de muestras, por estar recién llegados y en las consultas hechas uno a uno, surgió la generosa voz y voluntad de un ser inolvidable.

 - Yo soy RH negativo-,

            El joven subteniente  Eduardo Norman Sierralta Guerrero, que encendió en el alma las esperanzas.

            Pero había tanto trabajo ese día.

            No  sabíamos el cómo, pero  debíamos actuar con rapidez.

            -¡¡Yo le dono sangre “mi” cabo, para  esta emergencia!-

            Y surge otro gran personaje de la vida de soldados, el teniente Rodolfo Ugalde Gormaz:

            -¡Tome mi auto y vaya a hacer todo lo que tiene que hacer, y allí tiene dinero para la bencina!

            ¡Y partimos al hospital!

            ¡Cómo olvidar ese gesto de hermanos de armas, generosos y llenos de bondad!

            Nunca olvidaré cuando, terminado  el proceso de sacar un par de bolsas sagradas para la vida de esa escasa sangre, el joven subteniente,  recuperándose lentamente y  aun con  su mirada llena de  bondad y entusiasmo me decía:

            - Si quieren más, ¡Saquen más!  aunque la cuota  de donación  ya era suficiente por su propia integridad.

            Mi esposa lentamente se fue recuperando y mi hijo partió esa tarde a la guardia eterna del Altísimo  a conformar el batallón de sus elegidos. En el mismo auto del Teniente Ugalde, lo llevé al día siguiente en su pequeña y blanca urna a sepultarlo al cementerio, con lágrimas en los ojos y rezando por su alma pero también por la vida de mi esposa.

            ¡Los soldados somos duros!, es la “máscara” falsamente pintada en el rostro que muchas veces nos impiden expresar las emociones.

            Han pasado casi 45 años y todo quedó  en espera.

             El subteniente en su tiempo,  cumplió su período en la Unidad y debió partir, como todos los militares oficiales que cumplen cortos tiempos en las guarniciones, desconociendo su destino, sin jamás haber olvidado su gesto generoso y puro de camarada y hermano soldado.

            Muchas tardes de nostalgias y recuerdos y siempre   agradeciendo a Dios y la vida por esta larga jornada de tiempo vivido, en esas tertulias y conversas junto a una taza sencilla de té, se nos viene a la memoria el amado hijo que no pudimos criar, pero también la figura inolvidable del recordado subteniente de “una” estrella, que nos tendió la mano en esas circunstancias tan extremas y que nos ha acompañado todas nuestras vidas en los mejores recuerdos.

            Nunca es tarde para agradecer.

            ¡Jamás podemos olvidar a las personas que nos han hecho el bien! Y en especial en esta edad madura en que ya la vida comienza a regalarnos sus últimos otoños.

            Donde esté mi “Teniente” Norman Eduardo Sierralta Guerrero, sepa que en estos años, no ha habido día en que no nos hallamos acordado de usted, la vida transcurre demasiado rápida pero no podemos guardarnos ese sentimiento que se llama gratitud a tan ilustre  oficial y generoso soldado de Chile, al que seguro la vida le regaló una esposa, hijos y tal vez nietos, pero que permitió prolongar la vida de mi esposa,  y que por otros problemas derivados de ese embarazo complicado mi pequeño infante tuviera  que partir y que recordaremos en el inicio de Febrero, el 7 específicamente, que cumpliría cuarenta y cinco años, la edad  y tiempo que nos ha acompañado el grato recuerdo de nuestro querido Subteniente.

            Gracias eternas a usted, y sepan sus hijos y esposa de este hecho que quizás ignoran de un gran padre y mejor soldado.

           

            ¡¡Un fraternal abrazo de gratitud,  mi teniente!!




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